
En el antiguo Tíbet los monjes y devotos se desplazaban varios kilómetros para recibir a sus maestros y maestras y agasajarlos hasta el lugar donde iban a impartir sus enseñanzas. A su vez, ya habían sido escoltados otros tantos kilómetros por aquellos que los despidieron al iniciar el recorrido. Asimismo, los peregrinos y viajeros se apresuraban a acompañarlos a poco que los reconocieran o tuvieran noticias de su cercanía.
Ya entonces los grandes maestros y practicantes eran una cosa rara y de extraordinario valor. Son los portadores y portadoras del auténtico Dharma, aquel que se manifiesta a través de la experiencia viva. Los textos y escrituras son de crucial importancia, pero solo en la medida que apuntan con el dedo hacia la budeidad, cuya personificación son los maestros y maestras. En este reconocimiento sagrado reside la devoción. Nuestro maestro o maestra es Buda, un reflejo de la llamita búdica, muy pequeñita aún, que reside en nuestro interior.
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